La película de Juan Cabral y Santiago Franco, basada en el libro de Ezequiel Burgo, es un emotivo relato que alimenta el mito de Diego Maradona y que esta semana, cobró aún mayor relevancia
Esta semana, el documental El Partido —escrito y dirigido por Juan Cabral y Santiago Franco— dejó de ser una película sobre el pasado para convertirse en un fenómeno del presente. En la previa de la semifinal del Mundial entre Argentina e Inglaterra la demanda por ver la película se disparó: el cine Gaumont de la avenida Rivadavia pasó de un promedio de ocho espectadores por función a 260, con gente que se quedó afuera. A eso se sumaron nuevas salas de AMBA —Atlas Caballito, Cinemark Abasto, Cinemark Unicenter, Cinépolis Recoleta, Showcase Belgrano—, y en las últimas horas se expandió por la red social X un reclamo masivo para que el documental pueda verse online de forma gratuita (cosa que se concretó, por cierto). El libro homónimo de Andrés Burgo en que se basó el documental, publicado por Tusquets en 2016 y recientemente reeditado, volvió a librerías. Esta semana parece ser todo El Partido.
Lo que el documental narra —el partido del 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de Ciudad de México, los dos goles de Diego Maradona, la sombra de la guerra de Malvinas flotando sobre la cancha— es exactamente lo que millones de argentinos llevan tatuado en la memoria. Cada uno tiene su versión de esa tarde: el lugar donde estaba, con quién, qué escuchaba. El partido de “la mano de Dios”, el partido del mejor gol de la historia, el partido en que la cuestión Malvinas pareció, por fin, saldarse. Cuarenta años después, con las dos selecciones a horas de volver a verse las caras en una instancia decisiva de un campeonato del mundo, esa memoria colectiva revivió con urgencia y ansiedad.
El minucioso libro de Ezequiel Burgo es, ante todo, una reconstrucción minuto a minuto de aquel domingo 22 de junio en el Azteca: desde el momento en que los jugadores argentinos despertaron como integrantes de una selección en la que nadie confiaba —habían clasificado con una performance agónica— hasta la noche en que ya se habían transformado en la guardia pretoriana de un pequeño general al que ese partido ungió como un Dios. Pero Burgo va mucho más allá de la crónica deportiva. “Ese partido es un aleph del fútbol que lo tuvo todo, y todo lo que tuvo nos favoreció”, escribió en el primer capítulo: el gol más ilegítimo, la deificación de un futbolista en un puñado de minutos, el trasfondo de las llagas de una guerra todavía abierta y el contexto deportivo perfecto de unos cuartos de final mundialistas. El propio autor definió su obra, además, como un libro sobre la memoria: sobre cómo los recuerdos colectivos se anteponen, y a veces reemplazan, a lo que pasó realmente.
El documental ‘El Partido’ se está proyectando en varias salas del AMBA con notable respuesta del público
El documental recoge ese espíritu y lo expande. Dura 91 minutos —el tiempo de juego de aquel histórico enfrentamiento— y reúne por primera vez a jugadores argentinos e ingleses para reconstruir no solo el partido, sino los procesos históricos que lo antecedieron. Como narradores principales están Jorge Valdano y Gary Lineker, -ubicados intelectualmente por encima de la media del futbolista promedio- y además se incluyen los testimonios de Ricardo Giusti, Julio Olarticoechea, Oscar Ruggeri, Peter Shilton y John Barnes. El relato los ubica frente a una pantalla que proyecta imágenes del partido, para acentuar el efecto dramático de la revisión. Hay material inédito de los entrenadores Bobby Robson y Carlos Bilardo, el testimonio del árbitro tunecino Ali Bennaceur y mucho archivo de época.
El recorrido es grandilocuente y ambicioso, pero apropiado. Se remonta al desembarco inglés en las Islas Malvinas, la invención del fútbol, la historia de las rivalidades deportivas —incluido el episodio del Mundial de 1966, con la expulsión de Rattin en Wembley— y otros intercambios culturales, como la llegada de Queen a la Argentina en 1981, hasta alcanzar el conflicto bélico de 1982 y sus secuelas. Así, la película aborda la tensión —¿cabría llamarla ancestral?— entre Argentina e Inglaterra, que involucra las invasiones inglesas, el pacto Roca-Runciman, la deuda con la Baring Brothers, los ferrocarriles, la carne, las Malvinas y, desde mediados del siglo XX, el fútbol. La frase de Carl von Clausewitz —“la guerra es la continuación de la política por otros medios”— calzaría perfecta si se reemplazara “política” por “fútbol”.
La propuesta rehúye el análisis técnico-futbolístico y se concentra en las reacciones y los intercambios inducidos entre los antiguos rivales. De esos encuentros surge el mensaje más valioso de la película: narrar una historia marcada por tensiones, rivalidades y desconfianza para desembocar en un presente de respeto y admiración mutua. La escena final —con la lectura de un poema de Borges incluido— es muy gratificante.
Hay dos momentos que el documental detiene con particular acierto, y que el libro de Burgo también subraya. El primero: el gol que Diego Maradona no hizo en Wembley seis años antes y que, en aquel instante mágico del Azteca, volvió a su mente para hacerle caso a su hermano y gambetear al arquero en lugar de buscar el segundo palo. El segundo, bautizado sabiamente “la nuca de Dios”: cuando Barnes desbordó, tiró el centro y Olarticoechea se tiró en palomita para sacar la pelota con la nuca desde la línea de gol. Ese nucazo, que pasó casi inadvertido en su momento, salvó la belleza de la historia (para nosotros).
De espaldas, Gary Lineker (participante de ese juego y uno de los relatores del documental), observa el arranque del famoso gol de Diego Maradona
Y por sobre todo eso, él. Sin Diego Maradona no hubiera existido esta historia hecha libro y luego película. “Un marciano”, según su hermano. El que dice al comienzo del documental: “Es sólo fútbol, y punto”. Él sabía que no era así, que nunca es así. A lo largo de toda la película, su figura sobrevuela el relato aun cuando no está presente, y eso es un logro de los realizadores: ayuda a entender a las generaciones más jóvenes quién fue Maradona en su verdadera dimensión emocional. Antes del 22 de junio de 1986 era un extraordinario jugador de fútbol y un ídolo popular; después de aquel día, pasó a ser una deidad. “Un dios sucio que se nos parece”, escribió Eduardo Galeano.
El relato de Víctor Hugo Morales está ahí, y después todo lo que vino hasta la tarde del 25 de noviembre de 2020 cuando Maradona se fue. Hay argentinos que llevan una imagen suya en la billetera como si fuera una estampita, y la exhiben enel lugar del mundo que sea (mi caso, por ejemplo). Siempre camina con nosotros.
Todo eso cobra una nueva dimensión esta semana, en vísperas de la semifinal del Mundial que tiene paralizado al país. El peso de esa historia —Malvinas, la mano de Dios, el barrilete cósmico, la nuca de Olarticoechea— flota ahora como flotó sobre aquel caluroso mediodía mexicano. Para millones de argentinos que lo vivieron, o que no habían nacido y conocieron esa tarde a través del libro de Burgo o del documental de Cabral y Franco, el partido del miércoles no es solo un partido.
El Partido —impecablemente relatado y con una bella realización audiovisual— ya había demostrado que el fútbol, cuando carga con esa historia, es otra cosa. Lo que viene ahora, lo confirma una vez más.
[Fotos: Buena Vista/Disney]
Fuente Infobae

