ebajo de una casa de tres patios, en pleno Casco Histórico porteño, quedaron preservadas distintas capas del pasado de Buenos Aires. Objetos, estructuras y restos de la vida cotidiana permiten reconstruir, poco a poco, cómo fue cambiando este lugar a lo largo de los siglos. El sitio arqueológico Escobar-Casa Blaquier/Lucía Herrera, ubicado en Defensa 163/177, comenzó a ser excavado en marzo, tras el desalojo de la propiedad, y ya permitió recuperar más de 4.000 fragmentos.
El equipo de expertos del Área de Arqueología y Paleontología de Patrimonio de la Ciudad identificó, entre los hallazgos más recientes, tres piezas que permiten dimensionar el potencial del sitio: una macuquina de plata, una pieza de ajedrez tallada en hueso y una cisterna que todavía no pudo ser excavada. La moneda fue uno de los últimos objetos encontrados y, a la vez, el más antiguo de los tres.

Las macuquinas fueron monedas acuñadas de manera artesanal a golpe de martillo durante el período colonial y se caracterizan por sus bordes irregulares y sus formas imperfectas. La pieza hallada en la excavación, posiblemente procedente de Lima o de Potosí por sus características, constituye una evidencia especialmente valiosa para los arqueólogos porque apareció en un nivel que permite remontar la ocupación del lugar al siglo XVIII.
El otro objeto que concentra la atención de los especialistas es una pequeña pieza de ajedrez de hueso, un peón compuesto por dos partes que encastran. Por su estilo, los especialistas la vinculan con las piezas conocidas como de Dieppe, una localidad francesa reconocida por el trabajo de marfil y hueso y por la fabricación de juegos de ajedrez.

Pero el pequeño soldado tiene un detalle que lo vuelve todavía más interesante: su vestimenta y sus rasgos podrían representar a un integrante del Regimiento de Pardos y Morenos, formado por negros libertos y mulatos y conformado a inicios de 1800. Por ahora, esa interpretación es una hipótesis abierta, pero la convierte en una pieza excepcional dentro de la arqueología urbana porteña.
Dos hermanas y 13 esclavos
Pero para entender qué cuentan estos objetos es necesario retroceder hasta los primeros años de Buenos Aires, cuando la manzana donde se encuentra la propiedad integraba las tierras repartidas por Juan de Garay durante la fundación de la ciudad. Allí, a pocos metros de la Plaza Mayor, Alonso de Escobar, uno de los primeros pobladores, recibió un solar que con el paso de los siglos atravesó ventas, herencias y subdivisiones.
Las fuentes históricas señalan, además, una posible vinculación del lugar con los jesuitas durante el siglo XVIII. En el censo de 1744, la propiedad de la calle Mayor o Real —actual Defensa— aparece asociada a Lucía Herrera, quien vivía allí junto con su hermana y trece esclavos, y contaba con habitaciones destinadas al alquiler.
La historia del inmueble continuó entre usos privados y públicos: en 1925 la familia Blaquier lo adaptó como inquilinato y, tres décadas después, pasó a manos de la Ciudad. En 1980 fue ocupada. El gobierno porteño recuperó la propiedad en julio del año pasado.
Los trabajos de excavación en marcha
En marzo comenzaron las tareas del equipo de expertos. En una recorrida por la propiedad, se observa un estado de conservación desigual, producto de las sucesivas modificaciones. En los ambientes conviven elementos antiguos con agregados posteriores, junto con paredes deterioradas y signos de humedad. Aun así, se mantienen puertas, pisos, techos y otros componentes de distintas épocas.
El equipo que lleva adelante la investigación está encabezado por Horacio Padula, paleontólogo y subgerente de Patrimonio, junto con los arqueólogos Laura Sinka, Juan Dellepiane y Eva Bernat; la paleontóloga Julia D’Angelo; el guía de turismo Lucas Sosa; la museóloga y conservadora Maribel Blanco y el técnico preparador Sergio Collazo. En distintas etapas del trabajo también participa el equipo de georradar de la Dirección General de Antropología Urbana, que aporta herramientas para explorar tanto el subsuelo como las estructuras que quedaron expuestas.
La primera estructura es una letrina ubicada dentro de una habitación del primer patio, tiene 1,82 metros de largo por un metro de ancho y fue construida con ladrillos unidos con barro. La excavación ya alcanza los seis metros y los mechinales, que son orificios en las paredes del pozo que sirven para sostener vigas de madera, continúan apareciendo en la tosca, lo que indica que hay más profundidad para avanzar.
La presencia de una letrina en el que se interpreta como el primer patio sorprendió a los arqueólogos y llevó a revisar la organización original de la casa. El hallazgo plantea que, en una etapa temprana, el acceso principal pudo haber sido por las calles Alsina o Bolívar.
En ese sector aparecieron mayólicas, porcelanas, lozas, vidrios y restos óseos que aportan datos sobre la alimentación de sus habitantes. Allí también fueron halladas la pieza de ajedrez y la macuquina.
La segunda estructura cuenta otra parte de la historia relacionada con el manejo del agua, ya que se encuentra debajo de una habitación y fue construida con hileras de ladrillos y una cubierta abovedada. Es más grande que la primera y funcionaba como un sumidero de aguas servidas, donde desembocaba el agua proveniente de la cocina.

El hallazgo permite reconstruir los distintos sistemas utilizados antes de la llegada del agua corriente. Había letrinas, pozos de balde que tomaban agua de la napa, aguateros que la recogían del Río de la Plata y, luego, cisternas destinadas a juntar agua de lluvia. Después de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, fueron reemplazados por las obras de provisión de agua corriente. Muchas de las antiguas estructuras quedaron en desuso y terminaron convertidas en lugares de descarte, transformándose con el tiempo en depósitos arqueológicos.
La cisterna es uno de los capítulos todavía abiertos de esta historia y se encuentra en otro sector de la casa que aún no pudo ser excavado debido a las dificultades de acceso y a las construcciones posteriores levantadas sobre ella. Los investigadores, sin embargo, ya identificaron una pequeña puerta que podría permitir el ingreso al lugar. Estiman, además, que tiene al menos cinco metros de profundidad desde el brocal hasta el nivel del agua que aún se acumula dentro y consideran que el líquido que permanece actualmente allí respondería principalmente a filtraciones, lluvias y otras entradas posteriores.

Pese a que durante décadas hubo construcciones y ocupación sobre ella, se mantiene en buenas condiciones y la estructura no habría sido completamente rellenada, como ocurrió con muchas otras cisternas y pozos de la ciudad. Mientras los investigadores estudian cómo ingresar sin afectar partes que podrían ser históricas, intentan también reconstruir desde arriba el tamaño y la forma de la estructura.
En esa tarea, el equipo de georradar se convirtió en un aliado para explorar sectores a los que todavía no pueden llegar. El sistema permite detectar desde la superficie lo que hay debajo de la tierra y ubicar posibles paredes, conductos u otras estructuras sin necesidad de excavar de inmediato.
También cuentan con un dispositivo de teledetección que realiza un registro tridimensional del lugar y facilita la medición precisa de paredes, distancias y volúmenes. En el caso de la cisterna, estas herramientas podrían ofrecer una primera imagen de sus dimensiones y ayudar a definir por dónde continuar la excavación, además de señalar otros sectores de la casa que podrían esconder estructuras todavía no visibles.
La propiedad a través del tiempo
La casa conserva además las huellas de sus últimas décadas de ocupación. Durante unos 40 años estuvo intrusada y fue modificada para adaptarla a otros usos. Cada fragmento arqueológico que aparece en las excavaciones es limpiado, identificado, fotografiado y acondicionado a medida que sale de la excavación. Esta tarea permite reconocer materiales que, cubiertos de sedimento, pueden resultar irreconocibles en el momento del hallazgo y facilita que sean estudiados casi en simultáneo con su extracción.
Todo se registra y se incorpora a inventarios y fichas de patrimonio. La mayor concentración de fragmentos recolectados se encuentra en la denominada “Estructura 1”, donde, a medida que aumenta la profundidad de la excavación, aparecen nuevos materiales y objetos.
Para Padula, el potencial del sitio recién empieza a desplegarse. “Estamos empezando un proyecto”, explicó al referirse al futuro de la propiedad, que pertenece al gobierno porteño y que está previsto que se convierta en una nueva sede del Museo de la Ciudad. El funcionario remarcó que, además de las piezas, existe un interés especial en la conservación de las estructuras que están apareciendo: “Es una de las pocas veces que se encuentran estructuras arqueológicas y ya sabemos que eso se va a preservar”.
Por Valeria Azerrat
Fuente: lanacion.com.ar

