Ambos fármacos son utilizados en anestesia y analgesia pero, fuera del ámbito hospitalario, pueden provocar adicción, depresión respiratoria y muerte. Su uso indebido encendió alertas sobre la necesidad de información precisa y controles más estrictos
El caso de los anestesistas volvió a poner en evidencia para el público general el uso extra-terapéutico de dos drogas sobre las cuales nos hemos ya referido: el propofol y el fentanilo. Este caso llevó a que se expresaran en los medios muchas opiniones y especulaciones apresuradas sobre dos fármacos de uso crítico.
Conocemos los efectos de la desinformación, tema especialmente sensibles en el área de la salud mental, adiciones etc. Por eso en este contexto sean útiles algunas aclaraciones sobre qué hace cada uno, cuáles son sus riesgos reales y por qué, detrás del morbo, hay un problema real e inquietante mucho más serio, tanto médico, sanitario como cultural.
Vivimos en una época particular en la que no sólo sobra información, sino también voces que hablan con seguridad sobre temas que exigen precisión. En salud, ese exceso no educa, sino que confunde y tomarlo como real lleva en algunos casos a decisiones equivocadas.
Y cuando se trata de sustancias como el propofol y el fentanilo, la confusión no es un detalle menor: puede banalizar riesgos reales, deformar la narrativa pública sobre el tema y convertir un problema sanitario serio en una mezcla de morbo, media verdad y comentario de ocasión. El peligro de estos mensajes parciales, en particular en el terreno de los comportamientos ya lo hemos visto y alertado en otra ocasión.
La combinación de propofol o fentanilo con otros depresores del sistema nervioso central incrementa significativamente el riesgo de coma o muerte
El caso que involucra a anestesistas y residentes de hospitales porteños puso a estas drogas en el centro de la escena pública y las volvió materia de conversación televisiva, radial y digital. En ese contexto aparecieron explicaciones, aun por profesionales, rápidas y sin sustento, más que la fantasía, por ejemplo sobre su supuesto vínculo con el sexo, la desinhibición o el placer.
Incluso la propia cobertura periodística resumió parte del debate con fórmulas del tipo “no aumentan la libido, pero alteran la conducta sexual”. Ese punto no es irrelevante: muestra hasta qué punto una discusión farmacológica, toxicológica y de comportamientos compleja puede ser absorbida por el lenguaje del impacto inmediato y la desinformación que en mentes predispuestas puede llevar a conductas peligrosas, las adicciones lo son, validadas por el lenguaje público. En este caso, puede funcionar como una llamador de comportamientos, de búsqueda de placer ya que el riesgo de la imitación de los mensajes, es ampliamente conocida.
Diferencias entre propofol y fentanilo
Quizás la primera aclaración sea básica y obvia, pero necesaria en base a lo que hemos visto: propofol y fentanilo no son lo mismo.
El propofol es un agente intravenoso sedante-hipnótico usado para inducción y mantenimiento de anestesia o sedación. El fentanilo, en cambio, es un opioide sintético utilizado por su acción analgésica y anestésica de corta duración. Dicho de modo simple: uno no reemplaza al otro y no pertenecen a la misma clase farmacológica.
Meterlos en la misma bolsa, como si fueran variantes de una única “droga”, aun cuando se diga a nuestra mente racional que no son lo mismo, el contexto del mensaje lleva a englobarlos en lo mismo y eso llevar a errores fundamentales. Para ir directamente a las fuentes aquí la ficha técnica de la FDA en este caso del propofol al respecto.
(Freepik)
La segunda aclaración también es central: el verdadero riesgo no está en ninguna dinámica expresada en términos morales del exceso, sino algo más concreta: la fisiología.
En el caso de la ficha de la FDA del fentanilo, vemos que advierte sobre el riesgo de adicción, abuso, mal uso y depresión respiratoria grave o fatal. Si ahora agregamos los efectos del propofol, en base a las misma fuente indiscutible, señala que una sobredosis puede causar depresión cardiorrespiratoria. Y cuando estas sustancias se combinan con otros depresores del sistema nervioso central, incluidos otros opioides, benzodiazepinas (ansiolíticos) o alcohol, el riesgo de sedación profunda, coma o muerte aumenta.
Es decir no estamos hablando de la dinámica de las “experiencias intensas”, o la adicción en sentido amplio, sino de drogas que tienen un efectos fisiológicos específicos y que el mal manejo de estas puede ser mortal, en concreto no de los peligros habituales del consumo de drogas, sino de fármacos que deben ser manejados por especialistas ya que el margen entre el efecto buscado y la catástrofe, es muy estrecho.
Aquí conviene entrar en uno de los puntos difundidos y de alguna manera peligrosos ya que invitan a la fantasía y las conductas de búsqueda típica sen comportamientos adictivos. ¿Tienen “efectos sexuales”? La respuesta seria no debería ser sensacionalista.
La literatura sobre propofol sí menciona, en algunos reportes y revisiones, euforia, desinhibición sexual, alivio de tensión y hasta alucinaciones con contenido sexual. Esto sin embargo no equivale a decir que sea una droga afrodisíaca ni que “aumente la libido” en un sentido farmacológico simple.
El consumo de fentanilo está asociado globalmente a crisis de sobredosis, con miles de muertes anuales reportadas por la OMS y los CDC en Estados Unidos (Imagen Ilustrativa Infobae)
Es decir si en la búsqueda de ese efecto se la saca del contexto completo, allí es donde tenemos el peligro, también aquí de los mensajes e información parcial. Son cosas distintas. Pero si se toma una postura clínica y no sensacionalistas, en el caso de los opioides (fentanilo en este caso), la experiencia e información va en la dirección opuesta, ya que en su uso prolongado, se observa disfunción sexual, baja libido e incluso alteraciones endocrinas.
Por eso, reducir la cuestión a “se usa aún más si lo hicieron especialistas) para el sexo”, no es sólo vulgar, sino que falso. Pero quizás para entender la gravedad del tema hay que salir de la contingencia, las opiniones dentro de ellas, del escándalo local, tomar distancia y ver el mapa global. El fentanilo no es una curiosidad de redes, por los personajes envueltos, ni un detalle de un caso policial: es uno de los nombres centrales de la crisis contemporánea de sobredosis.
La crisis global de los opioides
El consumo de fentanilo está asociado globalmente a crisis de sobredosis, con miles de muertes anuales reportadas por la OMS y los CDC en Estados Unidos
La OMS advierte que, a nivel mundial, alrededor de 600.000 muertes fueron atribuibles al consumo de drogas en 2019, cerca del 80% relacionadas con opioides, y unas 125.000 por sobredosis de opioides.
En Estados Unidos, los CDC señalan que en 2023 hubo unas 105.000 muertes por sobredosis, y que aproximadamente el 69% involucró opioides sintéticos distintos de metadona, principalmente fentanilo ilícito y sus análogos. La UNODC, (Reporte mundial de Drogas además, viene describiendo un escenario internacional de consumo en máximos históricos, expansión criminal y creciente peso de los opioides sintéticos.
En otras palabras: banalizar el fentanilo hoy equivale a hablar livianamente de una de las grandes crisis toxicológicas de esta época, tal cual ha sido planteada como emergencia por el gobierno de Estados Unidos.
Si bien Argentina no replica en forma exacta el mismo patrón callejero de Estados Unidos, esto no significa que el problema sea menor, solo diferente y con otras características.
Aquí el nombre “fentanilo” estuvo cargado recientemente de otro dramatismo: el de los controles sanitarios, la trazabilidad y la seguridad del circuito médico. En 2025 la OMS emitió una alerta por lotes contaminados de FENTANILO HLB detectados en la Argentina. ANMAT reforzó luego la trazabilidad de medicamentos para evitar desvíos y falsificaciones, e incluso este mismo 10 de abril de 2026 se informó la baja definitiva de los laboratorios HLB Pharma y Ramallo, vinculados al fentanilo contaminado.
Por eso la conversación local no debería moverse sólo entre el miedo al narcotráfico y el chisme hospitalario: también obliga a pensar en calidad farmacéutica, regulación y confianza pública.
Una parte clave de la crisis actual está en la falta de atención verdadera sobre los peligros que estos fármacos representan fuera del entorno médico, advierte el doctor De Rosa (Imagen Ilustrativa Infobae)
Con el propofol pasa algo distinto, pero no menor. Si bien no se trata de una epidemia masiva comparable a la del fentanilo ilícito, sí tiene un problema documentado de abuso y desvío, entre personal de salud con acceso directo a la sustancia. Revisiones y estudios describen casos en distintos países, incluidos análisis de causas judiciales en Corea del Sur, donde justamente se lo clasificó como sustancia controlada por su potencial de abuso.
A eso se suma una vulnerabilidad conocida en anestesia y áreas críticas: acceso inmediato, familiaridad técnica con la administración y falsa sensación de dominio sobre una droga que puede matar en segundos. El problema, entonces, no es sólo la sustancia. Es la combinación entre potencia farmacológica, proximidad profesional y banalización subjetiva del riesgo.
Cuando una sociedad empieza a hablar de fármacos anestésicos y opioides potentes como si fueran apenas un detalle extravagante de una fiesta privada, algo del orden de la percepción colectiva del peligro ya se degradó. Quizás este sea el peligro mayor, el que la difusión descontrolada, lleve al acostumbramiento y de allí a la sensación de menor peligro. Si bien es claro que no se trata de exagerar ni de sembrar pánico, pero si recuperar una jerarquía mínima de los hechos. Al plantear datos aislados en un contexto plano, todos los datos pueden parecer iguales, opiniones, cuando no lo son.
Propofol y fentanilo no son una noticias más sino herramientas críticas de la medicina moderna, indispensables en contextos precisos, pero también capaces de producir adicción, apnea, coma, contaminación letal o muerte cuando se los desvía, se los saca de su contexto especifico falsifica o se habla de ellos con una mezcla de suficiencia, ignorancia y espectáculo.
Un punto adicional que mereció atención en la cobertura mediática fue la cantidad de voces en redes, pero también en medios que salieron a expresar con valor de certeza, aun sin mencionar la fuente de tales afirmaciones que los médicos son entre las profesiones que más consumen drogas. Esto se replicó en las redes con la viralidad de las mismas , en las cuales una aseveración apoyaba a la otra.
La proliferación de información imprecisa en redes sociales y medios contribuye a la banalización de los riesgos que implican el propofol y el fentanilo
El peligro de esto es similar al de otras generalizaciones sobre estructuras sobre las cuales la sociedad está fundamentada, la justicia, las fuerza de seguridad, los medios, y en este caso el personal de salud. La existencia de caso únicos no prueba la máxima, y nos lleva a una situación compleja en una realidad de salud, especialmente la mental aún más compleja. Esto lleva a un desafío y es el de reconstruir la confianza en las estructuras de salud.
La realidad sostenida por varios estudios es completamente otra, hay varios estudios que señalan que los médicos tienen la mismas tasas de comportamientos adictivos que la población general () y eventualmente se registra efectivamente dentro de ese subgrupo, personal de salud, un porcentaje alto desglosando por especialidades, en anestesistas.
Al hablar de este tipo de temas conviene volver a lo elemental. Qué son. Para qué sirven. Qué riesgo real implican. Y, en especial, por qué, en este tema, así como en otros muy sensibles respecto a los comportamientos y la salud mental, hablar sin precisión no es una travesura verbal, sino una forma peligrosa de desinformar, en una era donde la información cursa por una infinidad de vías sin control, las redes sociales son el caso más visible pero no el único.
Por último, este caso nos permite ver una cultura entrenada para el impacto de la inmediatez y como esto deteriora la comprensión de los riesgos reales. El problema no es demasiada información, sino que compite por nuestra atención bajo las reglas del impacto, la velocidad y la simplificación. En ese mercado de la atención, incluso sustancias médicas de altísimo riesgo pueden terminar convertidas en un tema de espectáculo, comentario ligero o pseudoexplicación, cuando en realidad exigen precisión, contexto y responsabilidad. Lo técnico se vuelve anécdota. Y lo peligroso, simplemente, se banaliza.
Fuente Infobae

